Calidad académica con pertinencia social, la esencia de la IBERO

Lun, 23 Jul 2018
La búsqueda de la verdad que nos haga libres es uno de los objetivos de la Universidad Iberoamericana
  • La calidad educativa debe ser el motor de la transformación (Alberto Hernández/IBERO).
Por: 
Dr. Alejandro Guevara Sanginés*

Si la calidad es el conjunto de propiedades inherentes que permiten juzgar el valor de algo, entonces su logro en el terreno de lo académico requiere la comprensión de las características inherentes de la misión que nos ha sido confiada.

Me aventuraría a establecer que lo que define la calidad de la academia es la medida en la que ésta nos acerca a la Verdad. No la considerada como una verdad inmaculada, exenta de adjetivos, sino, en el caso concreto del gran proyecto educativo de la Compañía de Jesús, la búsqueda de una verdad que nos haga auténticamente libres. Aquella que se expresa en la tranquilidad de hacer lo que es correcto; la que se mide en el grado de avance de la felicidad propia y del prójimo. Aquella que aplica el principio ignaciano de actuar donde la trascendencia del objetivo sea mayor1; esto es, en donde mayor beneficio se puede hacer por la sociedad en que vivimos. En definitiva, aquella que toma en cuenta las circunstancias históricas concretas, de necesidad, y de urgencia en las que se circunscribe dicha sociedad.

La sociedad, el mundo, y la humanidad más concretamente, viven en nuestros tiempos una maravilla evolutiva digna de admiración. Dicho gozo se fragua de manera continua a la luz del avance en el conocimiento (humanista, social y tecnológico) y su aplicación concreta. En gran parte son conocimientos cuyo origen se puede rastrear directa o indirectamente en los frutos logrados por la inteligencia universitaria y en la realización de su misión. Es la luz del conocimiento que ha guiado al desarrollo, entendido éste como el avance en una serie de valores que la sociedad considera como deseables. Es también aquella que ha permitido elevar la calidad de vida de millones de personas y ha evitado el sufrimiento humano de manera muy importante a lo largo de la historia.

Y, sin embargo, el mal del mundo manifestado en el sufrimiento, la desigualdad, la explotación, la miseria, la degradación ambiental, la violencia y la posibilidad real de aniquilarnos, forman parte también de la circunstancia humana contemporánea a pesar del riquísimo acervo de saberes que hemos acumulado. Ello se debe, a que, como señala Morin2, “todo avance en el conocimiento trae inherente nuevos niveles de ignorancia y error”, pues… “la amenaza más grave de la relación conocimiento-ignorancia, son sus consecuencias pragmáticas” (el arsenal nuclear, la devastación ecológica, las pandemias, etcétera).

¿Cómo reconciliar, pues, entonces, esas dos realidades tan contrastantes? La respuesta acaso ha de encontrarse en que la dinámica de generación, enseñanza, difusión y aplicación del conocimiento, por excelente que sea, no siempre es pertinente… pues no siempre actúa en pos de la realización humana.

El día en el que escribo estos pensamientos, la Ibero celebra su jubileo de diamante. Mucha tinta ha corrido desde entonces y muchas generaciones se han formado orgullosamente dentro y fuera de nuestras aulas en estos 75 años. Son años dignos de celebración, años en los que nuestra comunidad se ha preciado históricamente de haber sido altamente innovadora en cuanto a oferta curricular y por su búsqueda continua por elevar la calidad de lo que se realiza académicamente. Sin embargo, lo que queda claro es que, dicha calidad pierde sentido en la medida que no aterriza en un papel transformador.

Es precisamente, a la luz de estas reflexiones, que se perfila el futuro de nuestra institución3. Es un llamado al 2030 para transformar. ¿Pero, transformar cómo? A mi parecer ello se puede conseguir si tenemos un alto grado de calidad en las funciones sustantivas de la universidad y si podemos lograr los reforzamientos mutuos entre ellas.

Docencia

Para el logro de ese máximo beneficio transformador, es importante entender que no se puede dar lo que no se tiene. En efecto, pues de poco sirve que nuestros egresados tengan un agudo espíritu crítico si las herramientas esenciales para el análisis y resolución de problemas no se han adquirido y practicado; es decir, si no se es competente. Por ello, en el sentido más clásico de lo que se entiende como calidad docente, resulta de la máxima importancia cuidar de los tres grandes rubros que animan el proceso educativo. El primero de ellos es el desarrollo curricular, que en esencia representa la tecnología aplicada al proceso de aprendizaje. Ésta debe seguir en todo momento la aplicación de un marco lógico, innovador, pertinente socialmente y en mejora permanente. En segundo término, está el cuidado y atención de las personas cuya vocación de vida los ha llevado a acompañar a los y a las estudiantes: los y las docentes. Para ello es importante enfocarse no sólo en el rico bagaje de conocimientos que puedan éstos demostrar a través de sus credenciales de estudio o de práctica profesional, sino aquellas que sean las más efectivas para lograr que el estudiantado adquiera las competencias genéricas y específicas que les capaciten para la transformación. El tercero es precisamente el acompañamiento humano, pero crítico, centrado en aquellos y aquellas estudiantes que a través de su preparación serán claves en esta misión social transformadora. El espíritu que anima este caminar encuentra su inspiración, entre otros grandes pedagogos, en Paulo Freire (que alienta a una pedagogía crítica, dialógica, política y concientizadora), y en Celestin Freinet, que propone como método la autogestión, cooperación y solidaridad entre el estudiantado y entre éste y su entorno, por tanto, abre el camino tanto de la razón como del corazón.

Investigación e innovación

La generación de conocimiento es esencial para sugerir los cambios, pequeños y grandes, concretos o complejos que nos permiten avanzar hacia una sociedad como la que anhelamos. Sin embargo, los incentivos para alinear el desarrollo y creación del saber científico están condicionados por la “economía del conocimiento” cuyas tendencias de expansión en el ámbito universitario la han convertido en una institución masificada, globalizada, mercantilizada y estandarizada4. Dicha estandarización se mide, actualmente y de forma principal, a través del proceso creativo en revistas del JCR5, y ello atiende bien las necesidades específicas disciplinares; otorga prestigio nacional e internacional y permite la atracción de fondos para proyectos y becas. Es un estándar de calidad importante e instrumental porque nos permite atender en un círculo virtuoso el mejoramiento de nuestra docencia y nuestra vinculación, pero es un estándar limitado. La investigación e innovación en una institución jesuítica sólo puede alcanzar todo su potencial cuando ésta impacta en los circuitos de transformación en torno a una sociedad más próspera, productiva, pacífica, justa y equitativa e inclusiva.

Vinculación

El modelo de academia al que aspiramos sólo puede lograr su potencial en contextos situados en distintos planos de realidad. La vinculación académica internacional y nacional es importante porque a través de ella podemos descubrir “mejores prácticas” y complementariedades; nos forma y nos permite ampliar nuestros horizontes. En efecto, nos permite responder a las grandes demandas de los sectores productivos y sociales, pero también es la palanca que nos ayuda a tener sinergias de mayor calado cuando podemos, a través de nuestros esfuerzos: 1), colocar en la agenda de política nuestras propuestas de transformación; 2), participar en su diseño e impulso, y 3), articularla en su realización y evaluación continua6.

Emprender el complejo reto de la transformación con abordajes pertinentes

Los grandes problemas de la humanidad son complejos, pero las prácticas y estructuras académicas y las formas en las que los abordamos no responden del todo a su solución. Desde mi perspectiva, los conocimientos disciplinares no son los más pertinentes para comprender e intervenir un conjunto de desafíos que se distinguen por su multicausalidad y su multidimensionalidad. En realidad, como establece Morin, si el estado del conocimiento actual permanece con disciplinas paralelas que nunca se tocan, estamos viviendo una suerte de neo-oscurantismo7.

Por ello, transformar en la orientación deseada a la sociedad requiere de abordajes que permitan el diálogo de la multiplicidad de saberes que se dan entre las disciplinas y las profesiones, pero también en el que acontece con otras culturas y otros saberes. Sólo así podremos enfrentar retos a nivel planetario como al que nos invita Francisco, el Papa jesuita, en el “cuidado de la casa común”8.

Efectivamente, la academia tiene la oportunidad de ofrecer respuestas a esta nueva visión del mejoramiento de la calidad de vida, reformulando su estructura para dar paso a una visión integral de los problemas mundiales y nacionales, desde una perspectiva que considere las interacciones entre diversas esferas o campos, en los que de manera artificial se ha dividido la complejidad del mundo para su estudio y transformación.

Espíritu colaborativo

Todo lo anterior es imprescindible para la ambicionada transformación. Sin embargo, dada la magnitud de la tarea, es necesario reconocer nuestras limitaciones, abrir nuestra mente y nuestro espíritu y colaborar. Es ese elemento intangible, esa mística, que nos hace reconocer que sólo acompañándonos mutuamente podemos lograr que nuestro hacer tenga efectos multiplicativos. Así lo ha reconocido la red de universidades de la Compañía de Jesús, al dar a conocer sus “redes proféticas” en el más reciente encuentro internacional en nuestra casa de estudios9.

Como corolario, y siguiendo a Mahatma Gandhi, podemos concluir que la transformación basada en la calidad es nuestra meta y misión, y por insignificante que parezca lo que cada uno de nosotros pueda contribuir a ella, es de la máxima importancia que lo hagamos... pues todos somos importantes para su realización. ¡Feliz 75 aniversario, comunidad universitaria!

*Dr. Alejandro Guevara Sanginés

Doctor en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid, maestro en Políticas Públicas por la Universidad de California en Berkeley, maestro en Desarrollo Económico por la Universidad de East Anglia en Norwich, y licenciado en Economía por el ITAM. En la Universidad Iberoamericana Ciudad de México ha sido director del Departamento de Economía y de la División de Estudios Sociales, y actualmente se desempeña como Vicerrector Académico. En 1999 obtuvo el premio del Instituto Nacional de Administración Pública por su trabajo sobre pobreza y medio ambiente.

Referencias

1 Criterios ignacianos para la eficacia, Constituciones de la Compañía de Jesús, séptima parte principal.

2 Edgar Morin, Introducción al pensamiento complejo, Gedisa, Barcelona, 2001.

3 “Plan Estratégico Institucional: Rumbo 2030”, Universidad Iberoamericana, 2018.

4 Catherine Paradeise y Jean Claude Thoenig, En busca de la calidad académica, Fondo de Cultura Económica, México, 2017.

5 JCR=Journal Citation Reports en https://jcr.incites. thomsonreuters.com/ In Cites es una herramienta de investigación analítica que contiene una base relacional de citas en revistas arbitradas que permite evaluar la productividad institucional y compararla con las instituciones pares en todo el mundo.

6 Resumen de los aprendizajes sobre incidencia ignaciana en América Latina, Roberto Jaramillo, S.J. (2016), disponible en línea en http://www.cpalsocial. org/documentos/243.pdf

7 Edgar Morin, op. cit.

Papa Francisco, Carta Encíclica Laudato si’ [Alabado seas], Sobre el cuidado de la casa común, Ediciones Dabar, México, 2015.

9 Conferencia Internacional “SJ Universities towards the transformation of the World”, celebrada del 13 al 16 de marzo de 2018 en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México


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