#ANÁLISIS Cuatro estampas culturales frente al COVID-19

Lun, 20 Abr 2020
Investigador de la IBERO analiza la forma en la que algunos países han enfrentado la pandemia y... ¿qué pasará con México?
  • La cultura ha marcado la forma en la que sociedades se enfrentan al COVID-19 (Imagen: pixabay.com).
Por: 
Dr. César Villanueva Rivas, director del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana

La manera de afrontar la actual pandemia del COVID-19 nos remite irremediablemente a la cultura. ¿Por qué algunas naciones, con sus pueblos y sus líderes, reaccionaron de manera mucho más solícita a la amenaza sanitaria emitida por la Organización Mundial de la Salud, mientras que otras naciones fueron o han sido claramente negligentes? Hay varias formas más académicas de responder a esto, pero voy a utilizar cuatro estampas inductivas de situaciones recientes que he vivido para construir un argumento final.

Hace unos días,platicaba con un amigo sueco quien recien regresaba de una cena con su esposa en un restaurante de la ciudad de Malmö, en el sur de Suecia. Hablamos sobre las medidas precautorias que todo mundo sugiere, particularmente la relacionada con el distanciamiento social y el detener actividades no esenciales. Le escuche argumentar que las políticas de salud de ese país se basaban en un intangible: “la responsabilidad personal” (al 20 de abril ese país nórdico cuenta con casi 15 mil casos y más de mil 500 decesos).

Eso se traduce en que la mayoría de los restaurantes estén abiertos al público, las tiendas y centros comerciales ofrezcan sus servicios y que las escuelas se mantengan abiertas con clases regulares para los estudiantes. Mi amigo me dijo que “cada uno es responsable de sí mismo, y en esa medida, asumimos que los ciudadanos cuidamos de los demás”. Los lugares públicos han hecho una separación mayor entre mesas, pupitres o áreas de trabajo. La limpieza se ha acentuado mucho y la gente mantiene más distancia de la que regularmente tenía (Suecia es un país donde la distancia interpersonal es muy marcada).

Aún no se generaliza el uso de las mascarillas de protección, pero mucha gente las utiliza en la vía pública. ¿A dónde va Suecia con esto? Todo mundo asegura que ello implica un desafío muy arriesgado, pero valiente. Sin sacrificar la vida cotidiana, ni las actividades productivas, Suecia apuesta por un proceso de desarrollo de la autoinmunidad temprana al virus en su sociedad, basado en su relativamente fuerte sistema de salud pública y en el buen sistema inmunitario de su población. Los países vecinos, Dinamarca, Finlandia y Noruega no han tomado la ruta sueca y han adaptado las medidas sugeridas desde la Organización Mundial de la Salud de distanciamiento social, pruebas rápidas o PCRs masivas a la población y parar actividades productivas al menos seis semanas.

Otra estampa. A mediados de marzo me enteré de que el hijo de un buen amigo estadounidense, líder de una banda de rock neoyorquina, vino a la CDMX a principios de marzo a hacer una serie de presentaciones con su grupo. Lamentablemente, a dos de los nueve miembros de la banda les detectaron COVID-19 y fueron llevados a un hospital. En paralelo, los otros siete miembros de la banda hicieron una medida voluntaria de cuarentena por quince días, aquí en la ciudad. Estuve en contacto con el hijo de mi amigo por correo y lo que me platicó vale la pena compartirlo.

Primero, hablaba de la irresponsabilidad con la que el presidente Donald Trump había tratado el tema del virus en los medios de comunicación y la pobreza de información proveniente del Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) de su país en las etapas críticas de enero y febrero, particularmente en la ciudad de NY. Finalmente, decía este joven rocanrolero, “la irresponsabilidad también viene de nosostros”. Confesaba su sorpresa frente a la casi nula información que tenían él y sus círculos cercanos, relacionadas con los temas de salud pública e infecciones en eventos masivos.

Me contaba sobre lo que ahora ve como riesgos en los múltiples conciertos que su grupo ofrece alrededor del mundo, donde las medidas de seguridad son más bien intuitivas. “En los Estados Unidos”, me confesaba “hay una marcada desconfianza al gobierno y todo lo que viene de este, por lo que, con Trump o sin él, los estadounidenses tenemos que aprender a ser más responsables colectivamente y cooperar”. Sin duda, la lección amarga que deja en los EU la pandemia es que sin solidaridad y soluciones colectivas, poco se puede hacer para detenerla. En el momento en el que cierro este artículo, EU es el país con más casos confirmados de personas con COVID-19 a nivel internacional y justo ahora, el presidente de esa nación anuncia que recorta los apoyos económicos a la OMS.  

En una tercera estampa de cómo las personas viven su experiencia en esta pandemia, refiero a un intercambio por mail con un amigo profesor turco, que vive y trabaja desde hace algunos años en Corea del Sur. Sus reflexiones hicieron darme cuenta de otra manera de ver la reacción nacional y social a la amenaza del Covid-19. Mi colega me comenta que una vez que el gobierno coreano tuvo información precisa sobre el virus a finales de diciembre, se inició un plan inmediato con un fuerte liderazgo del gobierno central.

Desde el principio, los líderes políticos coreanos trazaron una estrategia que ya tenían prevista como parte de escenarios prospectivos de seguridad nacional, y una cadena muy sólida de diplomacia pública al exterior, comunicación constante con la población, transparencia, cooperación interinstitucional, el apoyo de empresas y, muy especialmente, la costosa pero eficiente estrategia de hacer pruebas masivas para detectar el virus en la población y hacer el rastreo los casos positivos y sus personas cercanas.

Comenta mi amigo que Corea realizó hasta 15 mil tests al día, en no menos de 250 mil personas entre enero y mitad de marzo, con la característica de que todas las pruebas son gratuitas, por el robusto sistema de salud público de esa nación. De ello derivó un seguimiento constante y un confinamiento muy riguroso de quienes dieron positivo, y sus grupos cercanos, preparando hospitales y centros de salud para una emergencia mayor. Por tal motivo, en Corea no hubo serias restricciones a la movilidad ni suspensión de actividades productivas, como en otros países.

Finalmente, en un intercambio con una buena amiga que vive en Italia con su familia, me enteraba de los problemas de la vida cotidiana que experimentan, como si fuera un espejo de mi vida en México: falta de escuelas, niños con dificultades para dormir, fallas en el internet, tiendas cerradas, encarecimiento de la vida y, para ellos, las pésimas noticias de los días de marzo: miles de muertos, decenas de miles de contagios. Me dice mi amiga: “La Dolce Vita ni era dulce ni era vida”. Los politicos italianos no se tomaron en serio las medidas en febrero, trivializaron los mensajes de la comunidad científica y la OMS, mantuvieron la vida ordinaria productiva como si nada sucediera. Irónicamente, la gente ni se informó adecuadamente, ni tomó sus precauciones familiares, ni les creyó a los políticos cuando las medidas más restrictivas comenzaron.

En marzo 10, cuando Italia se convirtió en el primer país democratico y desarrollado en decretar cierre total de actividades desde la segunda guerra mundial, el daño estaba ya hecho. Mi amiga me comenta que hay un enorme sentido de culpa en algunos sectores de la clase política, el odio hacia los extranjeros ha crecido entre la gente común, la gente tiene mucho miedo y el daño económico se prevé muy severo y de larga duración. El virus ha traido una derrota inesperada a una nación generalmente optimista y risueña.

Como decía al principio, el tema cultural se filtra en todos los casos. Las actitudes, valores y creencias definen a las naciones y sus pueblos. Sus orientaciones hacia la autoridad, sus ideas de la responsabilidad individual, su tolerancia a la incertidumbre y riesgo, los roles sociales que asume cada cultura, etcétera. Todo ello es un complejo nodo de combinaciones que predispone una respuesta mejor o peor frente a situaciones de crisis en las naciones.

Los países asiáticos en general tienen una mayor predisposición a obedecer las jerarquías y cooperar con la autoridad, contrario a las naciones liberales europeas donde todo está sujeto a discusión y cuestionamiento. Las democracias liberales ponen un mayor acento en la responsabilidad individual de los ciudadanos, mientras que en las sociedades más colectivistas prefieren que grupalmente se resuelvan los retos y problemas que enfrenta una sociedad.

Muchas naciones prefieren financiar un sistema de salud desde el Estado, mientras que otras optan por los planes individuales a la medida de cada quien. Algunos países se han sentado en el confort de su robusta democracia y seguridad material relativa, mientras que otros han planificado a futuro, con sistemas de contingencia y crisis que ponen en acción cuando es necesario, en sistemas políticos fuertes. En algunos países, los políticos profesionales y sus audiencias escuchan con toda claridad a la comunidad científica, mientras que otros los ven con desconfianza y recelo, buscando a los chivos expiatorios para exculparse.

En el famoso modelo de dimensiones culturales propuesto por el académico holandés Geert Hofstede, las orientaciones culturales se vuelven mapas cognitivos de éxito o fracaso en un mundo cambiante que se mueve a una velocidad vertiginosa. Su modelo parecía dar ventaja a las democracias europeas, especialmente aquellas que enfatizan los valores postmaterialistas. Sin embargo, hoy en día los valores culturales asiáticos, particularmente los demostrados en Corea del Sur, han resultado ser los más sólidos para atajar una amenaza de esta índole: previsión científica, planes de contingencia, escenarios prospectivos, cooperación local e internacional, confianza en instituciones, crítica constructiva y rendición de cuentas.

La base cultural de este éxito en atajar la pandemia está en la gran confianza de los coreanos en su gobierno, en la legitimidad de sus instituciones y en el nivel educativo de la población, lo que los hace más proclives a reaccionar con información, metodología y una actitud positiva frente a este y otros retos que pudieran presentarse.

¿Qué debe hacer Mexico de las lecciones culturales? No hay un margen de maniobra muy alto. México sigue teniendo una sociedad con valores predominantemente tradicionales, donde la democracia, las instituciones y la educación funcionan alejados de las decisiones fundamentales en la vida diaria de la mayoría de la población. De ahí la incredulidad, la desconfianza y de alguna manera, el pesimismo en la actitud cultural de muchos miebros de nuestra sociedad. El espacio donde la mayoría de las personas se refugian seguirá siendo la familia y en las pocas instituciones en las que confíamos, claramente las iglesias, las fuerzas armadas e, inercialmente, la presidencia.

No estoy seguro que con eso nos alcance para salir triunfantes de esta batalla. En todo caso, me decanto por promover a la educación como uno de los puentes entre los diversos sectores, donde habría la posibilidad de generar las ideas y orientaciones culturales necesarias para minimizar costos sociales de esta pandemia que se ha tornado en el gran tema de este año inolvidable, que irónicamente, apenas va en su primer tramo. Vivirémos todas y todos para contarlo.

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