Día del maestro: el ‘ágape’ en la enseñanza y el aprendizaje

Mar, 14 Mayo 2019
La calidad de la enseñanza es una condición ineludible para influir en un cambio social más justo y más humano
  • La educación es un acto del eros del espíritu (Alberto Hernández/IBERO).
Por: 
Dr. Víctor Pérez Valera*

Existe una gran preocupación ante la crisis de los valores que se manifiesta en parte, con el aumento rampante de la violencia en la vida ordinaria. No todo lo va a solucionar la Guardia Nacional, es necesario ir a la raíz de los conflictos éticos y jurídicos. El desafío desde la educación es dar propuestas creativas a los retos actuales que agobian a nuestra sociedad.

Una condición ineludible para poder influir en un cambio social más justo y más humano, lo constituye la calidad de la enseñanza, no sólo en los planes de estudio y en los textos escolares, sino también en la capacitación de los maestros.

Una característica básica de la educación la sintetizaba Pedro Arrupe en la frase “formar hombres y mujeres para los demás”. En efecto, en contraposición al lema de Bacon: “saber es poder” podríamos afirmar que, “saber es servir, saber es participar y compartir”. La comunidad académica desde la primaria hasta el posgrado debería estar preocupada y comprometida por los ideales de un mundo más humano y más justo.

Peter Hans Kolvenbach, en un célebre mensaje en la Universidad de Georgetown, subrayaba que, “no hay aspecto de la educación, ni siquiera en las llamadas ciencias duras, que sea neutral. Toda enseñanza imparte valores… éstos no son dominio exclusivo del moralista, sino del ámbito de cada disciplina académica”. Otro rasgo típico de una filosofía de la educación sería lo que la Ratio Studiorum de los jesuitas caracterizaba como: cura personalis. Esto significa que el maestro debe preocuparse por cada alumno, el cual, debe ser apreciado como un ser único, irrepetible, original, sin copia. Esto de ninguna manera significa aflojar en la disciplina o bajar el nivel académico. Al contrario, hay que impulsar al alumno a su superación para que desarrolle al máximo sus potencialidades.

San Agustín, el gran filósofo de Hipona en su obra De Magistro alude al eros del espíritu, a la philia o amicitia, más aún, apunta al ágape, el amor más profundo. En realidad, la educación es un acto del eros del espíritu, que según la dialéctica de Platón asciende hasta el Ser supremo. El alumno no es un extraño, es prójimo, próximo al maestro. De este modo, para san Agustín, la educación no es algo meramente exterior, sino, sobre todo, una manifestación interna, un acto creativo. En esta línea Goethe escribía, “da más fuerza saberse amado que saberse fuerte, la certeza del amor nos hace invulnerables”. Con razón en nuestro medio, Edmundo O’Gorman afirmaba “la educación es un acto de amor, y si no lo es, es pura pedantería”.

Otra importante característica de la educación es procurar la formación humanista: crear al hombre, hacerlo más humano, abrirse al despliegue de sus potencialidades. En concreto, tres aspectos llaman la atención del ser humano ante la naturaleza: el poder, la belleza y la grandiosidad. La actitud humana ante estos aspectos es explotar el poder de la naturaleza, experimentar gozo ante la belleza y admiración ante la grandiosidad. Ésta, en general, no es considerada adecuadamente en la educación: ¿quién enseña el sentido de reverencia, asombro y admiración?

Si el aprendizaje está exclusivamente enfocado a lo útil y productivo, podemos minusvalorar otras dimensiones sublimes y sutiles del saber. Todavía más, el poder, sin aprecio y reverencia por el hombre puede ser un peligro. El hombre moderno se puede convertir en un “animal-constructor-de instrumentos” para la satisfacción de sus necesidades y no atender a lo sublime que se puede apreciar en la belleza, en la bondad y en la verdad. Lo sublime, es la alusión de las cosas a su significado. Es aquello que las cosas en último término representan. Lo sublime lo encontramos en lo inmenso y poderoso, y en lo común y corriente: no sólo en los truenos y relámpagos, sino también en la lluvia apacible, no sólo en la violencia del volcán, sino también en el susurro de la brisa suave, no sólo en el tumulto del océano, sino también en la tranquilidad de la playa.

Finalmente, no puede existir una verdadera educación sin luchar por alcanzar la excelencia. Ésta requiere una constante evaluación de fines, programas, recursos y métodos, a fin de lograr la efectividad en la creatividad. Es de suma importancia el ampliar nuestros horizontes y superando el círculo de la ignorancia, interesarnos por los problemas de los más necesitados y marginados de nuestra sociedad. Si no reconocemos nuestra ignorancia, perderemos nuestra sabiduría.

*Dr. Víctor Pérez Valera, S. J., es profesor emérito de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.