Semana Laudato Si’ 2023: Esperanza para la Tierra, esperanza para la humanidad

Lun, 22 Mayo 2023
Dulce María Ramos, Coordinadora de nuestro Programa Universitario para la Sustentabilidad, destaca la esencia y la vigencia de la encíclica del Papa Francisco publicada en 2015
El documento plantea que no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental
En cuanto a la ciencia y la tecnología, el Papa expresa la necesidad de vincular la técnica a la ética con el fin de limitar su poder
  • El documento papal exhorta a construir una nueva ética ecológica. (Foto: Pixabay / Sven Lachmann)
Por: 
Mtra. Dulce María Ramos*

La Semana Laudato Si’ 2023 que se celebrará del 23 al 25 de mayo conmemora el octavo aniversario de la publicación de la encíclica del Papa Francisco sobre el cuidado de la creación. Ésta es una iniciativa internacional que tiene por objetivo volver a colocar en la mira este valioso documento publicado en 2015 y llamar la atención de las comunidades universitarias sobre la urgencia de actuar en favor del cuidado de nuestra Casa Común.

La Ibero se suma a esta iniciativa y en conjunto con las universidades de la Asociación de Universidades Confiadas a la Compañía de Jesús en América Latina (AUSJAL) organiza varias actividades de sensibilización durante la semana.

¿Qué contiene este documento que lo hace tan notable?

En la encíclica Laudato Si’, el Papa no solo se dirige a los católicos sino a todas las personas de buena voluntad del mundo. Su carácter universal incluye mensajes pertinentes e inspiradores para todos y todas.

La encíclica ofrece una visión amplia e integral de la crisis ambiental. Lo hace a partir del nuevo paradigma de la ecología integral que conjunta las ciencias sociales y las ciencias naturales, para lograr una comprensión compleja de la realidad. A su vez, la encíclica también deja ver la magnitud de las transformaciones que se necesitan para superarla.

Por otra parte, integra la espiritualidad al pensamiento ambientalista; apunta que para lograr una verdadera transformación es necesario recurrir a todas las ciencias y todas las sabidurías, incluyendo las religiosas; expone lo que la fe católica aporta para motivar a los creyentes a conservar la naturaleza y cuidar de los más desprotegidos (64), y resalta que para los cristianos la responsabilidad con la creación forma parte de su fe (64).

También señala que no es posible separar el dolor de los pobres y explotados de la degradación de la naturaleza, y que “no podremos afrontar adecuadamente el problema de la degradación ambiental si no prestamos también atención a las causas de la degradación humana y social” (48).

El Papa denuncia directamente la forma en que opera el mundo, y cómo ésta ha provocado la degradación de la naturaleza y colocado al ser humano en condiciones de pobreza, desigualdad y sometimiento, y subraya de forma contundente que la crisis ambiental, en particular el cambio climático, es uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo (25).

En la encíclica, el Papa apunta al crecimiento económico y tecnológico, la mercantilización, la globalización del paradigma tecnocrático, el antropocentrismo y los estilos de vida consumistas como las raíces humanas de la crisis.

En concreto, la encíclica acusa a la economía de haberse prostituido, y haber perdido su compromiso de satisfacer las necesidades humanas, limitándose a conseguir una mayor rentabilidad. Apunta cómo los intereses económicos han prevalecido sobre el bien común.

Así, la encíclica plantea la urgencia de cambiar el modelo de desarrollo global, lo que implica reflexionar sobre el sentido de la economía (16). Señala que no es suficiente conciliar la preservación del ambiente con el progreso, pues es sólo significaría aplazar la ruina. Llama a entablar un diálogo para buscar juntos caminos de solución, y acentúa que aminorar los efectos del actual desequilibrio depende de lo que hagamos ahora mismo (161).

A lo largo de todo el documento, se entretejen los problemas de la degradación ambiental con la pobreza y la desigualdad social, y se señala que no es posible aislar unos de otros. Plantea que “no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental” (139). Las propuestas de solución, por tanto, requieren una aproximación integral que permita combatir la pobreza, devolver la dignidad a los excluidos y conservar la naturaleza (139).

Si bien el Papa reconoce los aportes que la ciencia y la tecnología han hecho para mejorar la calidad de vida de las personas (103), denuncia cómo la tecnociencia intenta controlar tanto la naturaleza como la existencia humana, convirtiéndose en una verdadera tecnocracia que domina todo y a todos (108). Por ello, el Papa expresa la necesidad de vincular la técnica a la ética con el fin de limitar su poder (136).

Por otro lado, el Papa señala el riesgo de seguir creyendo que los mecanismos del mercado, así como la ciencia y la tecnología pueden resolver todos los problemas que enfrentamos (109, 190).

El documento pontificio dedica todo un capítulo, el cuarto, a plantear los elementos más importantes para construir una ecología integral a partir de la incorporación de las consideraciones sociales y ambientales (139). Insiste de nueva cuenta en que para combatir la pobreza y devolver la dignidad a los excluidos, y simultáneamente cuidar la naturaleza, es necesaria una aproximación integral (139). Por otro lado, señala que la ecología supone también proteger de forma global la riqueza cultural de los pueblos (143).

La búsqueda del bien común es central en la encíclica. Supone el respeto a los derechos humanos y requiere de la paz social, la cual no es posible lograr sin una justa distribución de los recursos (157). La encíclica apela a la economía y a la política a defender y promover el bien común presente y futuro, y a crear condiciones para una plenitud humana posible (189).

La noción del bien común incluye también a las generaciones futuras (159). Se trata, dice la encíclica, de una cuestión de justicia “ya que la tierra que recibimos pertenece también a los que vendrán”. Sin embargo, el Papa reitera que además de buscar la solidaridad intergeneracional, se requiere con urgencia lograr una solidaridad intrageneracional (162).

La encíclica ofrece también algunas líneas de orientación y acción para la política internacional, para la gestión nacional y local, para los procesos de decisión, incluso para la actuación personal; sin embargo, siempre concluye insistiendo que “los mejores mecanismos terminan sucumbiendo cuando faltan los grandes fines, los valores, una comprensión humanista y rica de sentido que otorguen a cada sociedad una orientación noble y generosa” (181).

La política y la economía deben dialogar para buscar el bien común y colocarse “al servicio de la vida” (189). Se requiere que la política amplíe su visión y se replantee a partir de la consideración de los diferentes aspectos de la crisis (197). Asimismo, exhorta a las religiones a dialogar entre ellas, y a dialogar también con las ciencias para encontrar nuevos caminos (201).

Señala que la crisis ecológica representa un desafío para la educación (202), a la que llama a trascender el papel informativo que ha jugado y contribuir a construir una nueva ética ecológica, a partir de la cual encuentre las motivaciones necesarias para lograr una transformación personal (210).

Apunta a los diversos ámbitos educativos: la escuela, la familia, los medios de comunicación y la catequesis, como los responsables de crear una “ciudadanía ecológica” que promueva el desarrollo de hábitos y comportamientos que conformen nuevos estilos de vida (211, 213).

En la Encíclica, el Papa hace un llamado urgente a la humanidad a cambiar el rumbo, a buscar un nuevo comienzo (207). ¡No podemos seguir actuando como si nada ocurriera! (59). El riesgo de no intervenir ahora puede ser una catástrofe global. Nos incita a cuestionarnos con valentía sobre nuestra vida, manera de ser y de actuar, nuestros pensamientos y, en una palabra, nuestra civilización (160). Sin embargo, la magnitud del desafío que enfrentamos, así como de las transformaciones que se necesitan para superar la crisis, demanda ir más allá de las iniciativas individuales y lograr la implicación de todos los actores sociales.

Finalmente, un elemento constante en el documento es la esperanza. El Papa expresa en varias ocasiones su confianza en Dios, y que siempre es posible cambiar la trayectoria y hacer algo para resolver los problemas (61). Resalta que la auténtica humanidad habita en medio de la civilización tecnológica como una promesa permanente (112). Expresa su seguridad en que los seres humanos “son capaces de mirarse a sí mismos con honestidad, de sacar a la luz su propio hastío y de iniciar caminos nuevos hacia la verdadera libertad” (205).

*La Mtra. Dulce María Ramos es Coordinadora del Programa Universitario para la Sustentabilidad de nuestra IBERO

Lee aquí la Encíclica completa publicada en 2015

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