Dialogan en la IBERO sobre memoria y legado de los Mártires de la UCA

Jue, 21 Nov 2019
En el marco del 30 Aniversario luctuoso de los jesuitas asesinados en El Salvador
  • De izquierda a derecha: Dra. Alma Rivera Aguilera, académica de la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero; Mtro. Érick Fernández, coordinador de la Maestría en Comunicación; Dr. José Sols Lucía, director del Departamento de Ciencias Religiosas; y Lic. Carlos Mario Castro Aparicio, docente del Departamento de Letras.
  • Lic. Carlos Mario Castro Aparicio, docente del Departamento de Letras.
  • De izquierda a derecha: Mtro. Érick Fernández, coordinador de la Maestría en Comunicación; Dr. José Sols Lucía, director del Departamento de Ciencias Religiosas; y Lic. Carlos Mario Castro Aparicio, docente del Departamento de Letras.
  • Dr. José Sols Lucía, director del Departamento de Ciencias Religiosas
  • El Dr. José Sols Lucía habló sobre la teología de la liberación.
  • El Mtro. Érick Fernández fue corresponsal durante la guerra en El Salvador.
  • El diálogo se llevó a cabo en la Sala de Juntas de la BFX.

Académicos de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México participaron en el ‘Diálogo. 30 años de los mártires de la UCA de El Salvador: memoria y legado’, organizado por la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero (BFXC) y la Cátedra Ignacio Ellacuría, de esta institución académica.

En la mesa de diálogo, llevada a cabo en la Sala de Juntas de la BFXC, el Lic. Carlos Mario Castro Aparicio, docente del Departamento de Letras, tocó el tema del Legado de los mártires de la UCA en nuestra circunstancia histórica: de universidad, nación y mundo.

Al hablar en específico del legado y la prolongación de los mártires -entre quienes están los jesuitas de la Universidad Centroamericana ‘José Simeón Cañas’ de El Salvador (UCA)-, dijo que quienes preparan la tierra, la siembran y después cosechan lo producido, lo hacen desde su sabiduría y sus circunstancias; por eso no todos siembran lo mismo.

Por ejemplo, en El Salvador de los años de 1970 y 1980, Rutilio Grande recibió las semillas novedosas del Concilio Vaticano II y de la Conferencia de Medellín, y las sembró en una parroquia. Monseñor Romero tomó el legado de Rutilio y lo transformó en un modo nunca antes visto de comprender y de vivir el ser arzobispo de un país “ensangrentado por la violencia política e ideológica”. Y los jesuitas profesores de la UCA tomaron aquel legado, lo sembraron, y obtuvieron el fruto de una universidad autodescrita como conciencia crítica de la realidad; un semillero de compromiso social.

“A nosotros nos toca ahora intentar prolongar aquel legado a nuestro tiempo. Ponerlo a producir en otra tierra, en otro contexto histórico de sociedad, mundo y universidad, que ya no es el mismo a cuyo estudio, comprensión y redención, en el sentido ignaciano de los ejercicios espirituales, se aplicó la UCA de los jesuitas en El Salvador de la guerra civil”, mencionó Castro, quien recordó que en aquel entonces la región centroamericana, y el mundo en general, se hallaban cimbrados por la violencia política y las expectativas de cambio revolucionario a través de las armas. “Era el contexto mundial pasado de la Guerra Fría”.

En aquel El Salvador, en el cual las fuerzas beligerantes apostaban por el aplastamiento militar del enemigo, Monseñor Romero y los jesuitas de la UCA abogaron por dialogar y negociar, como único camino para modular las diferencias entre las fuerzas en guerra y sus antagónicos proyectos de sociedad.

“Por ello, la altura y originalidad del proyecto de buena parte de los jesuitas centroamericanos de aquellos años se comprende mejor si se interpreta desde la vivencia y posterior reflexión -como momento segundo de una praxis discernida universitariamente por una teoría- de una teología a la altura y por encima de aquel tiempo de extrema polarización política”.

“Una vivencia y reflexión teológicas que Jon Sobrino formuló creativamente como intelectus amoris: una inteligencia del amor, que, con errores y aciertos, optó por defender la vida, y muchas veces dar la vida por los empobrecidos que en varios países eran aplastados y exterminados por la aplanadora ideológica y militar de los estados de seguridad nacional”.

El impacto del asesinato de los jesuitas de la UCA

Al tocar el tema de El impacto del asesinato de los jesuitas de la UCA en la política internacional y en la Iglesia Católica, el Dr. José Sols Lucía, director del Departamento de Ciencias Religiosas, habló para dar un contexto, de la teología de la liberación, que dijo, de alguna manera fue el diálogo que hicieron con el marxismo (de alguna forma el movimiento que estaba reivindicando la transformación estructural) los cristianos latinoamericanos, preocupados por la situación de injustica, pobreza y dictaduras militares en tantos países de esta región en esa época.

Una teología de la liberación que era señalada como un movimiento marxista, por lo que Sols enfatizó que el Padre Ignacio Ellacuría (uno de los mártires de la UCA) siempre dijo, del marxismo tomamos su forma de analizar la realidad, pero no tomamos su filosofía; porque nuestra filosofía es el cristianismo, no es el marxismo.

Luego entonces, el Dr. José Sols explicó que, la tesis central de la teología de la liberación dice que el Dios de Israel, el Dios de Jesús, es un Dios que quiere la vida, es un Dios que quiere la salvación, que quiere la vida digna para todos, sin excepción. Y en un mundo injusto, esa salvación pasa por la transformación de las estructuras, “porque la salvación cristiana no puede ser solamente para el orden de lo personal, sino también de lo estructural, de lo económico, de lo social, de lo político”.

Por ello, en los años 70 empezó una represión muy fuerte de la teología de la liberación, en la que se no se iba simplemente a por líderes de izquierdas, sino que iban a por catequistas, animadores de la palabra, sacerdotes y hombres de paz, como Rutilio Grande, asesinado en 1977, cuya muerte causó la conversión de Óscar Romero (que era el arzobispo de San Salvador), un hombre conservador que no entendía de la teología de la liberación, pero quien con el asesinato de su amigo jesuita “cambió completamente su visión de la realidad, y desde aquel momento se convirtió en la principal voz de los sin voz”.

A su vez, la muerte de Monseñor Romero, asesinado en 1980, de alguna manera fue la causa de la guerra civil en El Salvador (donde ya existían movimientos de guerrillas), mencionó Sols, cuando, abundó, los movimientos de izquierda revolucionarios, no la teología de la liberación, plantearon que la lucha pacífica no servía para nada, sino que había que ir a luchar.

Lo que sí provocó la teología de la liberación fue una represión de parte de Estados Unidos, que quería defender los intereses de sus multinacionales “con sangre”, resaltó Sols, en alusión a los 75 mil muertos y desaparecidos que hubo en la guerra civil de El Salvador.

Y es que el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, tras simplificar las cosas desde un punto de vista dualista, de blanco-negro, bueno-malo, comunista-partidario de la libertad, consideró que la teología de la liberación estaba del lado malo, y no dudó en reprimirla; por lo que en los años 80 El Salvador se convirtió en el país que recibió más apoyo militar de parte de Estados Unidos -ayuda destinada a la Fuerza Armada (FAES) de El Salvador-.

“No se atrevieron a enviar soldados norteamericanos para no repetir Vietnam…pero sí que enviaron muchas armas, helicópteros, tanquetas, etcétera. Pero no ganaban la guerra porque el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional; el de las fuerzas insurgentes) era mucho más hábil en su forma de maniobrar”.

En esa situación, en la que el FMLN y la FAES decían que iban a ganar la guerra, y pronto, Ellacuría consideraba que no, que ambos se equivocaban, que esa guerra no la iba a ganar ninguno de los dos bandos, y que además al país no le convenía que ganara ninguno.

Porque si ganaba el Ejército, con el apoyo de las multinacionales y de la administración de EU, iba a ser más de lo mismo, más represión, más injusticia, más pobres y más estructuras poscoloniales. Y si ganaba el Frente, a El Salvador le iba a pasar lo que le había pasado a Cuba y lo que le estaba pasando en aquel momento a Nicaragua, quedar como un país aislado internacionalmente, porque Estados Unidos iba a ordenar el embargo económico; y eso iba a producir pobreza.

Además, el Padre Ellacuría también decía que ninguno de los dos bandos representaba del todo a la sociedad salvadoreña, porque había terceras fuerzas, terceras voces, que no eran escuchadas, que no estaban representadas por ninguno de los dos bandos.

Es en esa situación que el 16 de noviembre de 1989 matan a Ignacio Ellacuría, a sus cinco compañeros jesuitas y a sus dos colaboradoras, a cuyos cuerpos asesinados enseguida cubrieron con sábanas, hasta que el Padre José María Tojeira, entonces Provincial de los Jesuitas para Centroamérica, pidió que les quitaran las sábanas para que se vieran las y los muertos. Eso fue muy importante, porque “esa imagen dio la vuelta al mundo, la de los seis padres allí, muertos, y las dos mujeres”.

Esa imagen de los padres muertos en la hierba golpeó a la sociedad norteamericana, golpeó a los jesuitas de Estados Unidos que andaban divididos sobre si la teología de la liberación estaba bien o no, pero que en aquel momento hizo decir a todos, han matado a toda la comunidad, no han hecho una selección. Entonces, los jesuitas norteamericanos apretaron mucho en el Congreso de EU, que en aquel momento era mayoría demócrata, aunque el presidente era el republicano George Bush (padre), para que no diera más ayuda a El Salvador.

Es por eso que Sols apunta “75 mil muertos no impactaron a la sociedad norteamericana; seis padres sí que impactaron”. Porque el martirio de los jesuitas de la UCA removió a la sociedad norteamericana hasta el punto de que se dijo no se puede seguir apoyando a un gobierno que está matando sacerdotes. Esa fue la argumentación que cerró la ayuda norteamericana a El Salvador, lo que aceleró el proceso de paz, en el que había estado trabajando Ignacio Ellacuría, y que se firmó en la Ciudad de México en enero de 1992.

Crónica de unos días de noviembre de 1989

Respecto a qué podría decirse de Los Mártires de la UCA, el contexto salvadoreño e internacional y la cobertura de los medios de comunicación en noviembre de 1989, el Mtro. Érick Fernández Saldaña, coordinador de la Maestría de Comunicación, compartió una breve crónica de esos días, desde su experiencia como corresponsal de guerra en El Salvador.

Comenzó rememorando que, en 1982, días antes de morir, su colega holandés Koos Koster le había dicho, ‘vente a El Salvador, acá estará la información’. Pero Érick permaneció un tiempo más en Managua (donde entonces se encontraba cubriendo la Revolución Sandinista en Nicaragua), y posteriormente se fue de ahí, a la IBERO, a estudiar.

En esos años, en la Ciudad de México, todas las noches escuchaba a través de la onda corta una estación radiofónica costarricense que retransmitía esporádicamente a la YSAX-Radio: La Voz Panamericana, que difundía las homilías de Monseñor Romero. Y entonces, regresó a Centroamérica. “El radiorreceptor, el radiotransmisor portátil y la grabadora de siempre se volvieron a guardar en mi mochila y amanecieron el viernes 3 de noviembre de 1989 en aquel lugar ya listo para trabajar”.

Casi 10 días después, el sábado 11 de noviembre, recordó que en el atardecer se notaba un ambiente extraño, con todos los y las periodistas hablando en un tono bajo, desconfiados, casi sin comer; y con los informantes hablando de combates cerca de ahí donde se encontraba la prensa, en los hoteles Sheraton y Camino Real.

Mientras se escuchaban ráfagas muy cercanas, “la información de ataques a la casa del presidente Cristiani, del vicepresidente Merino, se convirtieron en la nota para los despachos. Ahora sí, a cubrir la información…Nos reportaron una bomba de propaganda en la imprenta de la UCA”.

Al siguiente día, domingo 12, de repente la Radio Cadena Cuscatlán repetía el toque de queda. Voces en esa radio pedían la muerte del arzobispo Arturo Rivera y Damas, del arzobispo auxiliar Gregorio Rosa Chávez y de los jesuitas. Mientras, radio La Venceremos, hablaba ya de la ofensiva al tope.

El lunes 13, silencio. La gente iba con banderas blancas improvisadas caminando por todas las calles, en son de paz. Había paro general de transporte. “Más tarde nos informaron que los militares registraron los cuartos de los jesuitas y el Centro Monseñor Romero en la UCA”.

El martes 14, 24 horas de toque de queda, en tanto, las voces que llegaban al hotel indicaban muchos patrullajes y presencia militar en las entradas de la UCA.

Miércoles 15. “Se escucharon desde temprano los aviones en su ofensiva lanzando bombas por doquier. Rumbo al barrio Zacamil y Mejicanos.  Desde las 6 de la mañana se veía a la gente en búsqueda de víveres en medio de los vuelos y los bombardeos. La zona alrededor del hotel bajo resguardo militar”.

En las primeras horas de la mañana del jueves 16, se escuchaban, esporádicamente, sirenas de la Cruz Verde. “Fui por mi café, cuando veo la cara de mis compañeras y compañeros compungidos, desencajados y en silencio. Nos vamos a la UCA, salimos en convoy. Llegamos y veo el cartel: Hoy no hay clases, y abajo: el FMLN hizo un ajusticiamiento a los orejas… No entiendo nada”. 

Todos desolados decían: Los mataron… mataron a los padres. “Dos gritos me regresan a la realidad después del blackout. Busco un teléfono para pasar alguna nota. Nada. Me regreso al hotel y ya hay militares en la entrada…Nos convocan a una conferencia de prensa del Presidente Cristiani, mientras en la cadena de Radio Cuscatlán se culpa al FMLN. Por su parte, La Venceremos culpa con estas palabras que aun retumban: al régimen fascista de Alfredo Cristiani y a las Fuerzas Armadas”.

En la conferencia de prensa, Cristiani lamenta el hecho y no culpa a nadie. “Grabo en otra colectiva a Monseñor Rivera y Damas: El mismo odio que mató a monseñor Romero, mató a los jesuitas”.

El domingo 19, en el servicio religioso, Fernández Saldaña escucha decir al Padre Tojeira, el Provincial: Los jesuitas eran amantes de la utopía: eran realistas. No han matado a la Compañía de Jesús ni a la UCA.

Hoy, a 30 años de “la matanza” de los mártires de la UCA, el Mtro. Fernández sabe que ésta remite a pensar en el actuar cotidiano. En tanto que éstas, sus palabras de periodista, son para él “un recuerdo a Elba Julia, Celina Maricet, Joaquín, Ignacio Martín-Baró, Segundo, Juan Ramón, Armando y al Padre Ignacio Ellacuría, por sus vidas. Todas y todos mártires”.

El ‘Diálogo. 30 años de los mártires de la UCA de El Salvador: memoria y legado’ fue moderado por la Dra. Alma Rivera Aguilera, académica de la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

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Texto y fotos: PEDRO RENDÓN/ICM

 

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